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El dilema de la niñez y la tecnología

hace 9 minutos
6 min de lectura

Sabemos que jugar con la tableta y el celular “tranquiliza” a tus niños. ¿Vale la pena el riesgo de usarlos sin control?



Tres niños reunidos en un sofá miran una tableta con cubierta azul.
Muchos padres consideran que los niños de hoy se relacionan de manera más directa con la tecnología, sin embargo, la experta señala que no es que los cerebros hayan cambiado es que las compañías tecnológicas conocen exactamente cómo estimularlo. 

Tan acostumbrados estamos a la veloz evolución de la tecnología en los últimos 50 años, que olvidamos un detalle: nuestro cerebro será poderoso, pero es análogo.


“No solo el cerebro es análogo, no ha cambiado en miles de años, tenemos las mismas estructuras tanto los niños como los adultos. Por lo tanto, el cerebro del niño viene preparado para desenvolverse en un medio ambiente natural, jugando al aire libre, trepándose en un árbol, haciendo cosas que preparan el cuerpo para el aprendizaje. La tecnología llega a los niños en un momento donde su cerebro se encuentra en pleno desarrollo”, afirma la doctora Suzette Mirabal, consejera profesional licenciada con estudios postgraduados en neurociencia cognitiva aplicada a la educación.


La interferencia del aparato tecnológico en el desarrollo tanto físico como cognitivo de un niño parece ser segura y alcanza su evolución temprana.


“El cerebro del nene no es que se adelante y se actualice como si fuera un iPhone 10, 11 ó 12. Todos tenemos el mismo cerebro, que tiene unas capacidades maravillosas, pero le cuesta adaptarse a la tecnología”, dice la experta de la plataforma, Brain Connections PR.


Y qué difícil es despegarse de ella. El apego a la tecnología no es un asunto exclusivo de niños, humanos de todas las edades estamos rendidos ante su rapidez, diversidad y contenido. No es al azar. Mirabal señala que “las compañías que crean los dispositivos tecnológicos saben lo que le gusta al cerebro”. ¿Y qué le gusta a nuestro cerebro? “Le gusta la luz, el sonido, el movimiento y, básicamente, un dispositivo móvil tiene luz, sonido y movimiento”, dice sobre aparatos que van desde el televisor hasta el celular.


Niña recostada sobre cojines amarillos utiliza una tableta blanca.
Si bien la tecnología es una herramienta educativa poderosa, es importante que se establezcan límites saludables conforme a la edad y etapa del desarrollo.

“Antes, cuando un bebé nacía, en una cuna le ponían un móvil que daba vueltas, tenía música y se quedaba viéndolo fijamente moviéndose sobre su cuna. Había juguetes educativos, los nenes tenían piano, carritos, cosas para arrastrar y por lo general tenían algún sonido y a veces tenían lucecitas porque al cerebro eso le captura la atención. Hoy día, si usted ve un bebé y un adulto está cargándolo, y el teléfono suena o se enciende la pantalla, la mirada del bebé automáticamente gira hacia el dispositivo y aquí es donde los adultos empiezan a decir que vienen con un chip diferente. No, es que precisamente el dispositivo está hecho para capturar nuestra atención, el cerebro del niño está reaccionando igual que el cerebro de un adulto”, pone como ejemplo.


DESDE MUY JOVEN Y POR MUCHO TIEMPO


Es el año 2026 y la tecnología se usa a todas horas, por periodos prolongados, sin importar la edad. Todas los grupos demográficos quedan expuestos “al deseo del input visual”.


“Ha habido una disminución en el periodo de tiempo que el niño está mirando algo en el dispositivo, que es intuitivo para los adultos y para los niños. A ninguna persona de 80 años le dimos un celular con instrucciones, los envejecientes también han tenido que aprender a tocar un botón, a pasar esto, tocar otro botón y pasar lo otro. El bebé hace lo mismo, el niño hace lo mismo, empiezan a tocar, empiezan a abrirse pantallas y empiezan a interactuar con ese dispositivo”, señala sobre la masificación de la práctica.


Las consecuencias de esa realidad en las nuevas generaciones ya comienzan a verse.


“Los niños están recibiendo tanto input visual con una corta distancia entre la vista y el dispositivo, que no realiza lo que está en su entorno”, señala y presenta una escena usual: un menor de edad pegado a algún celular o tableta en un restaurante.


“El niño no se dio cuenta ni de qué comió, de la textura, del olor, del sabor. Simplemente estaba allí y su cerebro en ningún momento captó los olores, los aromas, las luces del lugar, nada”, alerta sobre procesos usuales de desarrollo.


Entonces ese infante crece, llega a la escuela “y la maestra es análoga”. 


“El niño empieza a decir, ‘la escuela es aburrida, esto no me gusta’. Le pones al frente un juego de mesa, juega unos minutos y te dice ‘no’,  porque ya aprendió que en el YouTube Kids que le ponen veía un video del muñequito favorito, empezó a ver 3 segundos del episodio, no le gustó, cambió para otro, no le gustó, cambió para otro, entonces los niños están aprendiendo a empezar muchas cosas y no terminar ninguna”, afirma.


El desarrollo físico además queda impactado de maneras que no contemplamos. Mirabal, quien labora con niñez temprana en centros de cuido, expone que “los niños no están desarrollando destrezas motoras finas y motoras gruesas adecuadas, y llegan blanditos a los centros, sus músculos no están desarrollados”.


“Tú pones el niño en la silla y no tiene el control postural. Cuando empieza a utilizar algún objeto de escritura, no tiene un buen agarre. Y los músculos finos en las manos no los tiene porque antes el niño gateaba, se arrastraba, cogía cosas con agarre de pinzas, se llevaba cosas a la boca, pero hoy está en el coche con la tableta”.


Mirabal lamenta que se está criando una “generación de niños de contenedores que no sale al parque, no ve la luz natural”. “Voy del bouncer al high chair, del high chair al car seat, del car seat voy al coche y eso hace que sus músculos gruesos no se estén desarrollando. Muchos ya no tienen rompecabezas o juegan con plasticina, y cuando iban al patio se trepaban, eso hace que uno vaya desarrollando músculos. Estas generaciones están con un tono muscular bajo”, alerta.


La especialista señala que “el juego es la ocupación del niño”. “Un niño debe estar jugando la mayor parte de su día, ya cuando están en periodo escolar va bajando la cantidad de horas. Sin embargo, un niño debería de pasar 5 ó 6 horas al día al aire libre. De adulto, lo mínimo que uno debe de pasar afuera al día es una hora”, propone.


Lo saludable para todas las edades es el balance entre el mundo tecnológico y el real.


Manos de un niño manipulan piezas geométricas en un tablero de madera al aire libre.
Uno de los riesgos principales es el desarrollo del motor fino y del sistema músculo esqueletal en pleno, por ello, es invaluable el que los niños se expongan al juego tradicional. 

“Lo que recomienda la Academia Americana de Pediatría es que no expongamos a los niños menores de dos años a ningún dispositivo tecnológico. Por otro lado, la Academia Europea de Pediatría recomienda que no se expongan hasta los seis años. ¿Quién está bien, quién no? Eso lo pueden juzgar los padres. Nuestra recomendación es que cuando se vaya a dar un dispositivo, haya un tiempo límite de uso y que no sea a menores de dos años. Es decir, tienes un niño de tres años, va a ver unos muñequitos un rato, le vamos a poner un timer y a decirle ‘solamente podemos ver esto tanto tiempo y después vamos a jugar con otra cosa’. No es que la tecnología venga de ahora, en los 80 pasaba con el VHS, es cómo la llevamos al diario vivir. Hoy desde que el niño se levanta hasta que se acuesta hay tecnología a su alrededor y los padres debemos establecer límites para ellos y para nosotros”, invita Mirabal.


Agrega que si se determina, por ejemplo, una hora de tecnología al día, se seleccione el tiempo -mañana, tarde o noche- y estar conscientes de que todo cuenta durante ese periodo: televisor, tableta y celular.


 “La meta es ayudar a desarrollar un niño a su máximo potencial dándole herramientas para que se puedan desenvolver, tanto con juguetes tradicionales que estimulan el pensamiento lógico, la resolución de problemas, como así también en algunos momentos exponerlo -a su tiempo- a la tecnología. Pero ahora mismo, la tecnología se la estamos imponiendo. Pongamos límites, son saludables, no es para castigar, es para educar con conciencia”, culmina Mirabal.


Tenemos tarea.

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